Bitacoras perdidas o las Tiernas aventuras de unos cuantos piratas y burgueses

Julio 9, 2008

El Cerdo de las Toscas y June Miller

Archivado en: General — maletadestripada @ 9:50 pm

Se revuelca, ni siquiera en el fango
basurales y momias casuales alimentan al cerdo de las toscas.
paciblemente ve rodar los kilos de carne descompuesta venida de los mataderos, y las ignora. Sigue su viaje, a saltitos por entre las ramas, escuchando pequeños conjuntos corales de ranas.
Algo parecido a su piel, algo parecido a la infancia parece rodarle por el pescuezo y seguirle camino por entre las patas, al cerdo le hacen falta collares y mandrágoras de sucios Hippies locales. No tiene la experiencia, sólo lo que ha visto en las Toscas, lo cual es mucho y no se da cuenta, no quiere.
Un día se topa con June Miller, su cuerpo late junto a latas de sardinas y cintas de cassetes que la gente olvida muy bien. Y June le invita a pasear fuera del estero que era su cama, baño y secreto mejor guardado. June baila y fornica en la Boite “La cabeza de Toro” y peina su pubis delicadamente. Nunca ha trabajado con cabronas sudacas y el cerdito pretende darle algunas claves para que se desenvuelva bien.
Sus clientes van desde objetos cortopunzantes
pasando por lineas entrecortadas y falsos novelistas gangsters.


Al cerdito no le entran balas.
A June facilmente le han encajado 12 en una noche
“¿June eres judia?” dice el cerdo mientras mastica unos rábanos y bebe aguardiente.
June nunca responde preguntas
eso lo aprendió de un detective putero al que embaucó con algunos dolares.
“Ah! carajo sí que tienes mala cueva” inquiere el marrano.
“La realidad social se trata de una guerra a muerte mi querido cerdo-dijo casi sin despegar sus labios, June Miller-, las deidades no son más que otro sistema costo-beneficio en el drama”. El cochino se revolcó misteriosamente tragando sin que June lo notara series de pelusas y vellos que habían sobre la desparramada cama. June prosiguió: “vestales y muertos, fantasmas pavos, que vuelven a asesinarse mutuamente, ese es el cariño que la raza te guardará, cerdo. Vistete de umbrales y haz que las flores salten a tu boca pequeño”. En este punto el cerdo lanzó los rábanos a la esquina de la habitación. Hizo un ademán extraño, un ademán que sólo un bipedo haría y June Miller lo vió, vió con deseo aquel extraño organo que latía entre esas patas. Como un poseso el cerdo ubicó a June bajo el temblor de su verga-broca, mientras ésta le besaba sus costillas y agarraba sus patas.  Miller lamió detenidamente al cerdo en la nariz bajando hasta la paleta. El cerdo buscaba los pezones en triste ejercicio y bramó soltando espuma del hocico. Extendió su oscura lengua por la carnosidad y el  coño oloroso de June. El cerdo le dio una vez. Dos veces. Pálida y con los ojos saliendole, June expiró y mordió nuevamente, tantas veces como pudo, cada vez con más rabia, arrancando una a una las chuletas sangrantes mientras el cerdo vomitaba los últimos grumos de semen en el destruido útero de Miller.

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