Cuando se dió cuenta era demasiado tarde, aquel no era el sujeto pero que se le iba hacer ya había apretado el gatillo, ya estaba muerto. Una leve duda se lo había advertido segundos antes, pero él no atendió, sólo jaló el percutor y disparó, será este un arrepentimiento inyectado, un escozor provocado por otro que no ve.
Juntó sus cosas, se agachó y miró el rostro del cadáver a su altura. Le iba hablar, atendí a aquel impulso, pero claro que podría decirle a un muerto a pesar de tener el poder de comunicarse con ellos. Así que sólo trató de salir de aquel antro lo más rápido posible.
Era un día precioso y Temuco blandía sus pútridos olores sobre el rostro de Antumilla, otro prófugo más en la acera. Otro mapuche más haciéndose parte del gentío, pero sus pensamientos, eso lo monitoreamos por casi tres horas, no lo dejaban tranquilo ahora se dirigía al centro para dar su informe al comité Nag-mapu de seguridad externa, y cada paso era como hacerle cerrar los ojos a la tierra, a cada respiración desaparecían posibilidades. Temuco en su plenitud no era más que una ilusión, el intento por reunir una masa inútil de gente entre las colinas donde antes no la había.
Pero lo raro en la ciudad era ver repartidas por el mercado a las machis explorando sus vaginas en busca de la baba sagrada, estaban puestas allí por el mismo comité en un orden tan extraño y caótico que Antumilla parecía verlas mas que nada por un deslizamiento de sus sentidos que por alguna precisión, como si las machis fuesen una fuente de distorsión permanente en las cortezas.
Antumilla sentía que le espiaban.
El resto de los ciudadanos no se daba cuenta de nada.
A lo mas todo hacia parecer que el paseo se dada entre pobres feriantes de piernas cansadas y sus verduras arrugadas.